Chicago, 1893. La ciudad quería parecer el futuro. La Exposición Universal —la llamaron la Ciudad Blanca— trajo electricidad, arquitectura, progreso y millones de visitantes. Fue el escaparate de una nación que todavía no había terminado de inventarse. En esa ciudad de luz y humo vivía un médico, estafador y bígamo llamado Herman Webster Mudgett, que el mundo conocería como H. H. Holmes. Y que pasaría a la historia no solo por lo que hizo, sino por lo que la prensa decidió que había hecho.
Esa distinción importa. No para absolver a nadie, sino para entender un caso que tiene dos capas: el crimen real y la leyenda que lo cubrió tan bien que ya casi no se distinguen. El Archivo Negro necesita separar las dos.
Ficha del expediente
Holmes no tuvo una vida secreta. Tuvo varias vidas, cosidas entre sí con deuda, fraude y nombres prestados. Herman Webster Mudgett nació en New Hampshire en 1861, estudió medicina en la Universidad de Michigan —donde ya se le atribuyen maniobras con cadáveres para cobrar seguros de vida— y adoptó el nombre de H. H. Holmes con la misma naturalidad con que otros cambian de ciudad.
Antes de cualquier crimen físico, Holmes fue un estafador. Pólizas falsas, identidades superpuestas, contratos impagados, matrimonios simultáneos, socios utilizados y proveedores arruinados. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos recomienda buscar su caso no solo bajo "H. H. Holmes" sino también bajo sus alias: Herman Mudgett, H. M. Howard, Harry Gordon y Pratt. Eso da una idea precisa del personaje: no era un hombre con una doble vida. Era una colección de vidas falsas pegadas con tinta, deuda y, con el tiempo, sangre.
Holmes entendió algo muy moderno: quien controla su identidad controla buena parte del relato. Esa comprensión lo acompañó hasta el patíbulo.
El edificio de Holmes en Englewood, Chicago, cerca de la calle 63 y Wallace, es el corazón de la leyenda. La prensa lo bautizó como el "Murder Castle", el castillo del crimen, y le atribuyó habitaciones secretas, trampillas, cámaras de gas, hornos crematorios, pasadizos ocultos y sótanos donde Holmes habría asesinado hasta doscientas personas, muchas de ellas visitantes de la Exposición Universal de 1893.
Esta imagen es irresistible. También es, en buena parte, una construcción periodística.
El historiador Adam Selzer, que ha dedicado años al estudio documental del caso, ha rebajado considerablemente esa descripción. Según su investigación, el edificio no fue un hotel operativo diseñado para atrapar turistas de la feria. La planta baja albergaba locales comerciales y la segunda planta apartamentos de alquiler a largo plazo. Holmes sí añadió una tercera planta con pretensiones hoteleras, pero no la terminó, no la amuebló como hotel en funcionamiento ni está probado que abriera sus puertas a visitantes de la Exposición con fines homicidas.
Esto no convierte a Holmes en inocente. Convierte el castillo en algo más exacto: un edificio con usos turbios, distribuido de forma confusa, donde ocurrieron cosas oscuras, pero cuyas funciones homicidas más extremas no tienen soporte documental sólido. Los conductos de ventilación existían —no eran raros en edificios mixtos de la época— pero que se usaran para transportar cadáveres al sótano es una afirmación que los periódicos repitieron sin prueba firme. Las cámaras de gas insonorizadas crecieron en los relatos sin evidencia que las sostuviera.
Aquí conviene detenerse y hacer lo que el mito no hace nunca: ordenar con cuidado.
Adam Selzer estima que hay unas nueve personas que pueden considerarse víctimas probables de Holmes con cierta confianza documental. La propia Biblioteca del Congreso lista nombres que van desde los completamente confirmados hasta los meramente alegados, y esa distinción debe quedar clara.
Entre las víctimas con mayor respaldo están Benjamin Pitezel —por cuyo asesinato fue condenado—, sus hijos Alice, Nellie y Howard Pitezel, y mujeres como Julia Conner y su hija Pearl, las hermanas Minnie y Nannie Williams, y Emeline Cigrand, secretaria de Holmes. Todas ellas tenían relación directa con él. Ninguna era una turista anónima atrapada en un hotel trampa.
El patrón que emerge no es el de un cazador de desconocidos al acecho de forasteros. Es el de un depredador que opera dentro de su propia red: empleadas, amantes, socias comerciales, familias vinculadas a sus fraudes, niños que podían comprometer sus planes. Más frío que el monstruo de la leyenda, y por eso más perturbador.
El caso que llevó a Holmes al patíbulo no empezó con un hotel ni con turistas. Empezó con un seguro.
Benjamin Pitezel era socio de Holmes en un plan para estafar a la compañía Fidelity Mutual Insurance. La idea era fingir la muerte de Pitezel y cobrar la póliza. En septiembre de 1894 apareció un cadáver en Filadelfia que era, efectivamente, Benjamin Pitezel. Holmes intentó mantener la versión del accidente, pero la investigación concluyó que lo había asesinado. Fue arrestado en Boston en noviembre de 1894, juzgado en Filadelfia a partir del 28 de octubre de 1895 y condenado el 2 de noviembre.
Mientras todo esto ocurría, Holmes seguía manteniendo engañada a Carrie Pitezel, la viuda, haciéndole creer versiones contradictorias sobre el paradero de su marido y de sus hijos. Se había llevado a tres de los niños Pitezel —Alice, Nellie y Howard— bajo pretextos falsos.
Los cuerpos de Alice y Nellie fueron encontrados en Toronto en julio de 1895, enterrados en el sótano de una casa que Holmes había alquilado. Howard fue localizado más tarde, también asesinado. Una madre había perdido a su marido y a tres de sus hijos a manos del mismo hombre, mientras ese hombre le enviaba mensajes tranquilizadores sobre el paradero de todos ellos.
Ese es el corazón real del caso. No las doscientas víctimas. No el castillo imposible. Una familia destruida por un estafador que mató para no ser descubierto y siguió mintiendo después de matar.
Detrás del descubrimiento de los niños Pitezel hay una figura que la leyenda de Holmes suele olvidar: el detective Frank Geyer, de la policía de Filadelfia.
Mientras Holmes estaba detenido, Geyer pasó meses rastreando su pista por varias ciudades de Estados Unidos y Canadá, revisando registros de hoteles, pensiones y casas de alquiler, siguiendo un rastro de nombres falsos y fechas que no siempre cuadraban. Fue trabajo detectivesco puro, sin castillos ni arquitectura dramática: paciencia, documentos y ciudades recorridas una a una.
Cuando encontró a las niñas en Toronto, la noticia conmocionó al público tanto como cualquier historia sobre el edificio de Chicago. Porque los niños no eran víctimas anónimas ni turistas de la feria. Eran los hijos de un hombre que Holmes había asesinado, hijos que una madre había estado buscando mientras el asesino le explicaba por carta que estaban bien.
Frank Geyer nunca tuvo la fama de Holmes. Esa es otra de las ironías del caso.
Una vez condenado, Holmes confesó veintisiete asesinatos. La prensa compró la confesión. El público también. Había un único problema: algunas de las personas que Holmes incluía en su lista de víctimas seguían vivas.
Ese detalle, que podría parecer un error o una confusión, dice mucho más sobre Holmes que cualquier descripción del castillo. Cuando ya no le quedaba nada —ni dinero, ni identidades, ni libertad— todavía le quedaba el relato. Y lo usó.
Había vendido seguros falsos. Había vendido identidades falsas. Había vendido promesas falsas a mujeres, socios, aseguradoras. Condenado a muerte, vendió una versión magnificada de sí mismo. La prensa necesitaba un monstruo perfecto. Holmes se lo ofreció, con habitaciones secretas incluidas. Era su último fraude, y fue el más duradero.
En 2003, el escritor Erik Larson publicó El diablo en la ciudad blanca, una obra de no ficción que entrelazaba la historia de Holmes con la de la Exposición Universal de 1893. El libro fue un éxito mundial, fue adaptado en varias ocasiones y relanzó el interés por Holmes a escala global. Su influencia sobre la imagen actual del caso es difícil de exagerar.
Larson es un escritor riguroso, pero su libro es narrativa de no ficción, no historia académica. Algunos de los elementos más dramáticos sobre el edificio de Holmes —incluyendo descripciones de sus supuestos usos— bebían de fuentes periodísticas de la época que ya mezclaban hechos y especulación. El libro lo dice, pero no siempre lo subraya con la misma fuerza con que narra.
El resultado es que una buena parte de lo que el gran público sabe sobre Holmes viene de Larson, que a su vez bebió de la prensa amarilla de 1895. Las capas se acumulan. El mito se consolida. Y separar lo que Holmes hizo de lo que la leyenda dice que hizo se vuelve cada vez más difícil.
No es una crítica al libro, que es excelente en lo que pretende ser. Es una advertencia sobre cómo funciona la memoria criminal.
Holmes fue ejecutado el 7 de mayo de 1896 en Filadelfia. Antes de morir pidió una cosa: que su cuerpo fuera enterrado bajo cemento, para impedir que lo robaran o lo diseccionaran.
La petición tiene una ironía que merece un momento de atención. Holmes había comenzado su carrera criminal en la universidad robando cadáveres para simular muertes y cobrar seguros. Ahora, al final, pedía protección contra exactamente lo que él había hecho. El hombre que trató cuerpos humanos como recursos económicos terminó temiendo que hicieran lo mismo con el suyo.
Su deseo fue respetado. Está enterrado bajo cemento en el Holy Cross Cemetery de Yeadon, Pennsylvania.
A Holmes se le llama con frecuencia "el primer asesino en serie de Estados Unidos". La etiqueta es cómoda pero requiere matiz.
No fue el primero en matar a varias personas en ese país. Sí fue uno de los primeros criminales estadounidenses convertidos por la prensa moderna en figura nacional de asesino serial. Su caso combinó elementos que la prensa del momento supo explotar con maestría: medicina, fraude, ciudad moderna en expansión, mujeres desaparecidas, niños asesinados, seguros, identidades falsas y arquitectura siniestra.
Holmes no era un asesino serial al estilo que el siglo XX acabaría definiendo. Era un criminal de transición: mitad estafador victoriano, mitad depredador moderno, mitad personaje de prensa. Sí, son tres mitades. Holmes habría intentado cobrar seguro por todas.
La palabra "castillo" tapa demasiado.
Tapa a Benjamin Pitezel. Tapa a sus hijos Alice, Nellie y Howard. Tapa a Julia Conner y a su hija Pearl. Tapa a Minnie y Nannie Williams. Tapa a Emeline Cigrand. Tapa a las mujeres que Holmes sedujo, empleó, engañó y en algunos casos hizo desaparecer.
El edificio es fascinante, sí. Pero si dejamos que se coma el expediente, repetimos el error de la leyenda. El verdadero centro no debe ser la arquitectura, sino la red de manipulación. Holmes no era un hombre con habitaciones raras. Era un hombre que convertía relaciones humanas en instrumentos: esposas, amantes, socios, empleadas, niños, aseguradoras, abogados, periodistas. Todos eran piezas. Ese es el horror real.
Con Romasanta vimos cómo la superstición podía envolver asesinatos reales. Con Jack el Destripador vimos cómo la prensa podía crear un nombre inmortal sin que hubiera condena ni rostro. Con Enriqueta Martí vimos cómo una ciudad fabricaba una vampira para no mirarse a sí misma.
Holmes cierra ese arco con una vuelta de tuerca: aquí el propio criminal participó activamente en la construcción de su leyenda. No fue solo víctima pasiva del sensacionalismo. Colaboró, vendió su historia, infló sus crímenes y murió siendo más famoso de lo que la documentación justificaba.
Eso lo convierte en un caso bisagra. Es el último gran criminal del siglo XIX y el primero en entender, de forma completamente moderna, que el relato sobre el crimen puede ser tan poderoso como el crimen mismo. Quizá más.
H. H. Holmes fue ejecutado por el asesinato de Benjamin Pitezel. Eso pertenece al terreno sólido del caso. También pertenecen al terreno sólido los niños Pitezel, Julia y Pearl Conner, y otras mujeres desaparecidas de su círculo. El patrón de fraude, seducción y muerte es real.
El "Murder Castle" con sus doscientas víctimas y su arquitectura infernal pertenece a un terreno más resbaladizo: prensa de finales del XIX, confesiones infladas por interés propio, reconstrucciones posteriores y un libro exitoso del siglo XXI que amalgamó todo con gran talento narrativo.
Las dos historias existen. Las dos importan. Pero por razones distintas.
La primera habla de un criminal que mató a personas concretas que conocía, que manipuló a una familia durante meses y que convirtió el fraude económico en asesinato cuando no tuvo otra salida.
La segunda habla de cómo una ciudad, una prensa y un propio criminal pueden fabricar juntos un monstruo que supere con creces lo que la realidad ofrece. Y de cómo ese monstruo sobrevive mucho después de que el hombre haya muerto.
Holmes perdió la vida el 7 de mayo de 1896.
El diablo de la Ciudad Blanca sigue vivo.
Y eso, también, es parte del crimen.